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Wednesday, February 10, 2016

El visitante nocturno





El visitante nocturno

Como cada día, a la media noche, estaba acechando en la oscuridad tras los ventanales de las viviendas. Vigilaba los dormitorios, y observaba a sus posibles víctimas. Prefería los niños, era mucho más fácil entrar en sus mentes y alimentarse de sus miedos. Al ser incorpóreo podía vivir con impunidad, nadie lo detectaba, nadie sabía ni que existía. 

Tenía que encontrar su presa perfecta, de diez o doce años. Si era una niña, una habitación pintada de rosa con unicornios, arcoíris, flores y ositos de peluches la hacía perfecta; y si era un chico, con naves espaciales, astronautas, planetas y estrellas que brillan en la oscuridad en sus techos eran los mejores candidatos. Críos así, eran niños soñadores, felices, de los que se dormían ideando un mundo idílico y lleno de imaginación; y eso los hacía más vulnerables ante una pesadilla, el cambio era más brusco, el sufrimiento mayor, y para el ente era un festín alimentarse del horror que les producía.  

Entraba en sus cabezas y se manifestaba en sus sueños, era peor que el monstruo que se esconde en el armario o debajo de la cama. No tenía rostro, era una sombra. A veces mostraba fauces, otras, garras frías como el hielo o unos ojos hinchados de sangre que los acechaba desde la oscuridad. Se divertía haciéndoles sentir su respiración detrás de las orejas y verlos correr por largos estrechos pasillos, o en bosques llenos de ramas con las que forcejeaban para escapar. Gozaba cuando los hacía sentir ignorados, gritando en medio de una multitud sin que nadie los escuchara. Era el maestro de las pesadillas, el escenógrafo del horror… 

Miró por un gran ventanal y encontró su presa perfecta, un niño de unos diez años de edad y lacios cabellos negros. Dormía plácidamente, su habitación estaba decorada con un gran mural del oeste americano, con vaqueros e indios al trote. Su edredón tenía un caballo bronco encabritado con un jinete intentando dominarlo. Botas texanas y un sombrero en el suelo, un fuerte con figuritas del séptimo de caballería estaban esparcidas por el piso, y una alfombra de piel de vaca acogían sus zapatillas tipo mocasín de indio. Unas pistolas de brillante plástico plateado y una chapa de sheriff colgaban de la percha, numerosos artefactos indios estaban repartidos por la habitación, y una vieja cabeza de caballo de peluche atada a un palo descansaba en un rincón. 

Era un soñador, sin duda, y en vez de atrapar vacas con su lazo lo atraparía a él. Indios le arrancarían la cabellera y una estampida lo pisotearía… se divertía planeando su pesadilla. 

Se deslizó entre las rendijas de la ventana, pero algo inesperado ocurrió. De pronto se sintió absorbido por una telaraña alrededor de un círculo que colgaba de la ventana, del que tendían unas plumas y cuentas de colores. Se sentía como una mosca en la red de una araña esperando para ser devorado. Luchaba denodadamente para liberarse, pero cuanto más intentaba escapar, más enredado se sentía. Él era incorpóreo, ¿qué magia extraña estaba funcionando para mantenerlo atrapado? El cazador se había convertido en víctima y estaba viviendo una pesadilla, la peor pesadilla que pudiera imaginar en la que él no estaba en control de la situación. Estaba horrorizado en pensar que pudiera ser visible y alguien descubriera por fin de donde vienen las pesadillas. Luchó y luchó toda la noche, gritó, gimió, aulló, lloró y nadie venía en su ayuda. La desesperación se hizo más patente cuando se acercó el alba, el tiempo en que él se retiraba en las profundidades de la tierra, en las recónditas cavernas y las cloacas para esperar el anochecer. ¿Y si por algún mágico motivo alguien pudiera verlo? Angustia, zozobra, desesperanza, pavor y pánico se apoderaron de él. 

Timmy se despertó al alba, se frotó los ojos y miró hacia la ventana. Una masa gris estaba enredada en el «atrapasueños» Ojibwa que le regaló su abuela. Vio los ojos brillantes hinchados de horror, y cuando los rayos de sol inundaron el amuleto indio observó cómo la piedra turquesa central empezó a absorber el ente y cómo se quemaba con la luz del sol. 

Sonrió, el atrapasueños una vez más, había funcionado.


© C. R. Worth




Tuesday, February 9, 2016

Los Jíbaros





Los Jíbaros


De profesión, engañabobos, al menos eso debería decir en su documento de identidad, en vez de «político».  Había tenido una rampante carrera política auspiciada por el descontento nacional ante la crisis económica y la pérdida galopante de puestos de trabajos, lo que hacía que la masa se creyera cada trola y promesa que un encantador de serpientes con buena palabrería le dijese. En apenas unos años de ser un partido completamente nuevo, se convirtió en las últimas elecciones en la minoría mayor votada en el país, con la friolera de cinco millones de votos. 

Pero últimamente los desvaríos de su partido cada vez eran más escandalosos, al menos  para cualquiera que tuviera dos dedos de frente y pensara, y no el corro de borreguitos que le aplaudía todos los disparates. 

Fue una periodista quien empezó a unir los puntos como los dibujos infantiles numerados para desvelar una imagen. Se dio cuenta que tras su viaje a Sudamérica con sus asesores y varios alcaldes que habían conseguido las plazas consistoriales de varios municipios, fue cuando el dirigente y su partido cada vez estaban más disparatados en lo que parecía una carrera en el más difícil todavía para hacer o decir la gilipollez más grande. 

Habían viajado al continente americano para visitar las repúblicas que tanto admiraban, ver los modelos sociales y económicos y de camino pedir disculpas por la colonización española, por darles la lengua y la religión, y claro está, por «quitarles el oro». La periodista descubrió que en su estancia en Ecuador en la que fueron a visitar las tribus en la selva, la delegación desapareció por varios días, situación que fue ocultada a la prensa. 

La reportera armada de valor, fue a entrevistar a la tribu de los Shuar, también llamados Jíbaros que los políticos habían visitado, y descubrió que cuando llegaron, al líder político no se le ocurrió otra cosa que decirle al jefe de la tribu como debería de vivir y pensar, y que iban a redistribuir sus riquezas con la tribu de al lado para que todos fueran iguales. Eso de que tenía que compartir la yuca, el camote, el maní, el maíz y palma de chonta con la tribu vecina siendo ellos los que cultivaban la tierra no le hizo ni chispa de gracia al caudillo indígena, así que llamó al chamán de la tribu e hicieron un arreglito con los visitantes.

Los Jíbaros son conocidos en el mundo entero por su costumbre ancestral de reducir cabezas, pero no era plan de decapitar a la delegación extranjera que habían venido a visitarlos, así que con magia consiguieron un efecto similar. En vez de cortarles la cabeza vaciarlas y reducirlas para que el espíritu del enemigo, el muisak, no vuelva para vengarse, les redujeron el cerebro al tamaño de una nuez.

Sí, los Jíbaros jugaron con sus cabezas, y ahora más que cabezas pensantes eran como unas maracas gigantes que se divertían con el ruido de su propio sonsonete resonando en sus cabezas como claqué.
La periodista con su investigación, por fin pudo entender tanto desvarío de semejante partido político, y su líder.


© C.R. Worth

Los protectores




Los protectores


Eran de aquellos que estaban todo el día poniendo fotos en las redes sociales del abuso de animales, que se envolvían en apasionadas discusiones sobre la tauromaquia, y la brutalidad del festejo, que ponían el grito en el cielo sobre la caza del zorro inglés, las ballenas en Japón y cualquier festejo ancestral de los pueblos en los que se torturaban animales. Estaban en guerra contra los circos, y hasta en contra de los zoos.  
Todas las criaturas creadas por Dios merecían su protección y eran verdaderos guerreros para defender los derechos de los animales, para evitar su extinción.  
Entonces llegó el día en el que en la ciudad infectada de ratas hubo una masiva matanza de ellas, con el propósito de intentar extinguirlas. La sociedad protectora de animales, y todos los abanderados de la protección de los animales, que lloraban como plañideras por focas, elefantes y otras criaturas del reino animal, se callaron como putas sin protestar y no dijeron ni mu.

© C.R. Worth

Wednesday, February 3, 2016

La escrupulosa




La escrupulosa

Desde pequeñita había sido extremadamente escrupulosa, la típica persona que le daba fatiga cualquier cosa. En su adolescencia fue incapaz de irse de botellona, porque eso de compartir un litro de cerveza en la botella con todo el mundo le producía unas arqueadas tremendas, y sería capaz de echar hasta las primeras papillas. Pero no era solo beber de un mismo recipiente, eran olores, o incluso algo visual que le pareciera asqueroso.   

Ver a alguien vomitar le levantaba el estómago hasta tal punto de ponerse a arrojar vómito al alimón también. Los objetos personales se cuidaba mucho que nadie se le ocurriera usarlos, ni un peine, corta uñas, cepillo para el pelo, esponja de baño, o incluso auriculares para las orejas, y ni que decir tiene del cepillo de dientes. Si alguien usaba su peine, lo desinfectaba y, si una amiga se le ocurría usar su barra de labios, iba inmediatamente a la basura. 

Si así fue en vida, tras la muerte y salirle colmillos inmensos tampoco cambió. Tener que alimentarse de sangre, lo cual le daba bastante asco, fue duro para ella, pero tuvo que adaptarse, ya que se convirtió en un asunto de vida o muerte.

El tener que morderle a alguien en el cuello para alimentarse le daba bastante repulsión, así que muy previsora ella solía llevar toallitas húmedas empapadas en alcohol –como las que usan los diabéticos antes de inyectarse– para desinfectar el pescuezo de su víctima. 

Con el temporal de nieves que había en su ciudad, la gente no salía a la calle, por lo que habían pasado varios días sin nada que echarse a la boca, literalmente. Como cazadora nocturna que era, siempre aprovechaba la vida noctámbula de los jóvenes para alimentarse; callejones oscuros y algún que otro despistado solían ser sus víctimas, pero con el mal tiempo los locales nocturnos estaban cerrados y la gente no salía de sus casas.

Las tripas le sonaban cada vez más fuerte, y estaba desesperadamente hambrienta. Deambulaba por la ciudad buscando «la cena», y tenía tanta hambre que no haría miramientos a su presa. Siempre prefería muchachos jóvenes, saludables, preferiblemente no fumadores, y por q no, hasta atractivos. Pero hoy ¡sería capaz hasta de comerse a una vieja que oliera a gatos!

En la zona comercial de la ciudad –que normalmente no tenía muchos transeúntes de noche– vio arropado entre cartones, dentro del cajero de una sucursal bancaria, a un mendigo zarrapastroso. Morder a alguien así le daba mucho asco, pero estaba desesperada y llevaba ya muchos días sin comer. «Este va a necesitar tres o cuatro toallitas de alcohol, por lo menos», se dijo a si misma… Pero ¡oh, no! ¡No podía encontrar su desinfectante! El abrigo tenía un agujero en el bolsillo y seguramente los habría perdido. 
 ¿Qué hacer? ¿Pasar hambre o armarse de valor y morder al sintecho? Le repugnaba la idea, pero estaba famélica e hizo  de tripas corazón para morderlo.   
Entró en el recinto y el olor inmundo le tiró para atrás, pero se armó de valor e hincó los afilados colmillos en el cuello del indigente. El sabor acre, el olor a zorruno y la costra del pescuezo la sumieron en arcadas compulsivas, no podía para de vomitar de asco. Echó toda la bilis que tenía en el vacío estómago, y su propio vómito le producía aun más fatiga.
Cuando ya no le quedaba nada más que vomitar, arrojó por la boca el mismísimo estómago, después las tripas, el hígado, y el páncreas. Espasmo tras espasmo fue vomitando todos los órganos sin control porque cada vez sentía más repulsión y las arcadas eran más virulentas. Vesícula, riñones, pulmones, y por último el corazón.

No fue el ajo, ni la estaca, ni la cruz, ni los rayos solares lo que la mató, sino sus propios escrúpulos.


© C.R. Worth