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Wednesday, April 13, 2016

Diez




Diez

Inmaculada soñaba cada noche con su hombre ideal, no tenía rostro, y tampoco le importaba que fuera rubio, moreno o pelirrojo, alto, bajo, gordo o flaco. Había tenido tantos sinsabores con sus anteriores parejas que solo quería que fuera un hombre trabajador, buen marido y mejor padre. Que no bebiera, podía soportar que fumara, pero que no se drogara; y sobre todo que no tuviera la mano larga. Ella pensaba que estaba maldita y solo atraía abusadores; ya había visitado el hospital demasiadas veces con el rostro morado y los huesos rotos, así que soñaba con un hombre normal, pero bueno.

Para Norma su sueño era pegar un «gayumbazo», así lo llamaba ella; si los hombres hacen el negocio del año casándose con una rica heredera pegando un braguetazo, el símil debía de ser un «gayumbazo». Tampoco le importaba su aspecto y menos su edad; para ella Ana Nicole Smith era su ídolo, y le encantaría encontrar un vejete forrado de dinero, que la palmara pronto y así dedicarse a «la buena vida».

Elena era una profesional que se dejaba la piel en el trabajo, así que su hombre ideal tenía que estar en su mismo estatus, ni se le ocurriría estar con un tipo espléndido en todo los sentidos pero que no tuviera donde caerse muerto; tenía que ganar lo mismo que ella como mínimo, o más. Ella se cuidaba, iba al gimnasio y no esperaba que su hombre soñado estuviera fofo, sino con la tableta de chocolate bien definida. Le gustaban los morenazos de ojos verdes, y si no tenía una carrera universitaria, lo descartaba. ¡Qué iban a pensar sus amigas! Tenía que ser perfecto en todos los sentidos.

Leticia estaba estudiando la carrera, y decía que no quería complicarse la vida, que ya tendría tiempo cuando terminara y consiguiera un trabajo. Eso era lo que le decía a sus amigas, pero en verdad bebía los vientos por su profesor de Lengua, que no era mucho mayor que ella. Le enamoraba la labia que tenía, ese don de palabra, ¡y era tan simpático! Sus alumnos se partían de risa con sus ocurrencias; y con el batir de ojos de las chicas y sus suspiros, podía causar un huracán cuando pasaba a su alrededor. Era alto, rubio, con unos increíbles ojos azules y con un corte de pelo tan «chic» que podía pasar por un modelo porque además tenía buena percha.

A sus quince años Daniela en lo único que pensaba era en el amor, soñaba con el primer beso, que la abrazaran y le dijeran lo mucho que la querían. Su príncipe azul tenía que ser como en las películas, romántico, considerado; y su cita ideal sería una cena delante de una chimenea con dulce crepitar, champagne, y un señor con esmoquin tocando el violín. Pero sobre todo guapísimo, como esas estrellas de cine que ella estaba tan enamorada, o su cantante favorito con el que soñaba todas las noches.

Myriam tenía seis años y decía que cuando fuera mayor se quería casar con su papá, que era lo mejor del mundo entero.

Inmaculada conoció a Ramón, que vino por derecho, pero lo descartó en cuanto vio que de una sentada se tomó seis cervezas. Norma conoció a un chico majísimo pero no vestía como alguien que tuviera una cuenta en Suiza o Panamá, así que siguió buscando su vejete millonario. A Elena le presentaron a Tomás, era perfecto en todo los sentidos, pero cuando se enteró de que era fontanero dejó de contestar sus llamadas. Leticia no le hacía ni caso al compañero de clase que estaba claramente enamorado de ella, y sobre todo no podía soportar lo gordito que estaba, seguía soñando con su profe.

Myriam creció y en su adolescencia pensaba que su padre era lo más estúpido que había en la faz de la tierra; Daniela a sus cuarenta seguía enamorada de su estrella cinematográfica que nunca conoció, y jamás tuvo con nadie esa cita a la luz de las velas. A Leticia se le cayeron los palos del sombrajo cuando se enteró años después que su adorado profesor había salido del armario, y que aquel compañero gordito que fue premio extraordinario de la carrera y que era su sombra, ahora iba hecho un pincel, había adelgazado, tenía un cuerpazo y nunca había notado lo guapo que era hasta que lo vio del brazo de su mujer.
Tom
ás creó un imperio, y su empresa de fontanería tenía sucursales en todas las ciudades de su país; así que el chico sin estudios acabó siendo un magnate y Elena murió solterona buscando alguien a su altura. Norma nunca supo que aquel muchacho desgarbado era el heredero de una estirpe de multimillonarios; e Inmaculada perdió la oportunidad con Ramón, que era el mejor hombre que ninguna mujer pudiera soñar, aunque bebiera mucha cerveza.

El hombre diez solo existe en la mente, y las mejores oportunidades quizá pasen desapercibidas, camufladas en un dos.


© C. R. Worth

Thursday, March 24, 2016

Expectativas




Expectativas

Tenía al igual que su esposa veintinueve años, y acababan de tener su primer retoño. La enfermera la puso en los brazos de su padre y le dijo, es una niña. Manuel le acarició la cabecita, besó su frente y mirándola con ternura imaginó su vida futura. 

Su cuarto ya estaba decorado para recibirla, se figuró las noches sin dormir, las preocupaciones con las enfermedades, los primeros pasos, el primer día de colegio, los dibujos sujetados con imanes en el refrigerador; seguramente sacaría el talento artístico de su madre, y su aptitud para las matemáticas, él, el genio precoz en ingeniería que lo puso a la cabeza de una empresa automovilística antes de los veinticinco años. Sin duda tendría una colección de premios y logros académicos como sus progenitores.   

Imaginó las peleas de la adolescencia en la que él y su esposa, de ser adorados unos años atrás, pasarían ante los ojos de su hija a no saber absolutamente nada. Los novios le quitarían el sueño, y se imaginaba a sí mismo como un halcón protegiendo a su polluelo. La universidad, los primeros trabajos, la plaza asegurada. Se independizaría y le rompería el corazón verla dejar el nido; pero sabía que tenía que aprender a ser independiente y autosuficiente.  Llegaría ese día en el que ilusionada la vería vestir de blanco y entregarla a un joven enamorado ante el altar. Luego vendrían los nietos, tan guapos como la madre. 

Su vida y su relación con su hija pasaron como un relámpago por su mente.

Volvió a acariciarla y besar su frente, mientras la pequeña aferraba con fuerza su dedo. Regresó a la realidad y supo, que aunque la amaría con todo su corazón y la protegería siempre, por el resto de su vida, eso que había soñado nunca ocurriría, su hija tenía Síndrome de Down.

By C. R. Worth

Tuesday, February 9, 2016

Los Jíbaros





Los Jíbaros


De profesión, engañabobos, al menos eso debería decir en su documento de identidad, en vez de «político».  Había tenido una rampante carrera política auspiciada por el descontento nacional ante la crisis económica y la pérdida galopante de puestos de trabajos, lo que hacía que la masa se creyera cada trola y promesa que un encantador de serpientes con buena palabrería le dijese. En apenas unos años de ser un partido completamente nuevo, se convirtió en las últimas elecciones en la minoría mayor votada en el país, con la friolera de cinco millones de votos. 

Pero últimamente los desvaríos de su partido cada vez eran más escandalosos, al menos  para cualquiera que tuviera dos dedos de frente y pensara, y no el corro de borreguitos que le aplaudía todos los disparates. 

Fue una periodista quien empezó a unir los puntos como los dibujos infantiles numerados para desvelar una imagen. Se dio cuenta que tras su viaje a Sudamérica con sus asesores y varios alcaldes que habían conseguido las plazas consistoriales de varios municipios, fue cuando el dirigente y su partido cada vez estaban más disparatados en lo que parecía una carrera en el más difícil todavía para hacer o decir la gilipollez más grande. 

Habían viajado al continente americano para visitar las repúblicas que tanto admiraban, ver los modelos sociales y económicos y de camino pedir disculpas por la colonización española, por darles la lengua y la religión, y claro está, por «quitarles el oro». La periodista descubrió que en su estancia en Ecuador en la que fueron a visitar las tribus en la selva, la delegación desapareció por varios días, situación que fue ocultada a la prensa. 

La reportera armada de valor, fue a entrevistar a la tribu de los Shuar, también llamados Jíbaros que los políticos habían visitado, y descubrió que cuando llegaron, al líder político no se le ocurrió otra cosa que decirle al jefe de la tribu como debería de vivir y pensar, y que iban a redistribuir sus riquezas con la tribu de al lado para que todos fueran iguales. Eso de que tenía que compartir la yuca, el camote, el maní, el maíz y palma de chonta con la tribu vecina siendo ellos los que cultivaban la tierra no le hizo ni chispa de gracia al caudillo indígena, así que llamó al chamán de la tribu e hicieron un arreglito con los visitantes.

Los Jíbaros son conocidos en el mundo entero por su costumbre ancestral de reducir cabezas, pero no era plan de decapitar a la delegación extranjera que habían venido a visitarlos, así que con magia consiguieron un efecto similar. En vez de cortarles la cabeza vaciarlas y reducirlas para que el espíritu del enemigo, el muisak, no vuelva para vengarse, les redujeron el cerebro al tamaño de una nuez.

Sí, los Jíbaros jugaron con sus cabezas, y ahora más que cabezas pensantes eran como unas maracas gigantes que se divertían con el ruido de su propio sonsonete resonando en sus cabezas como claqué.
La periodista con su investigación, por fin pudo entender tanto desvarío de semejante partido político, y su líder.


© C.R. Worth

Los protectores




Los protectores


Eran de aquellos que estaban todo el día poniendo fotos en las redes sociales del abuso de animales, que se envolvían en apasionadas discusiones sobre la tauromaquia, y la brutalidad del festejo, que ponían el grito en el cielo sobre la caza del zorro inglés, las ballenas en Japón y cualquier festejo ancestral de los pueblos en los que se torturaban animales. Estaban en guerra contra los circos, y hasta en contra de los zoos.  
Todas las criaturas creadas por Dios merecían su protección y eran verdaderos guerreros para defender los derechos de los animales, para evitar su extinción.  
Entonces llegó el día en el que en la ciudad infectada de ratas hubo una masiva matanza de ellas, con el propósito de intentar extinguirlas. La sociedad protectora de animales, y todos los abanderados de la protección de los animales, que lloraban como plañideras por focas, elefantes y otras criaturas del reino animal, se callaron como putas sin protestar y no dijeron ni mu.

© C.R. Worth