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Wednesday, March 2, 2016

El Gazpacho




El Gazpacho
 


Era uno de esos veranos en el que «El Lorenzo» apretaba que daba gusto, las temperaturas diurnas eran propias del desierto de Lut, y al atardecer no bajaban tanto, es más, incluso saliendo a la calle a las once de la noche buscando el frescor, lo que recibías era una bofetada de calor.

Las calores le afectaban sobremanera a Roberto, que estaba en un constante baño de sudor,  le bajaban la tensión e incluso disminuían su apetito. En estos días estaba casi en una dieta líquida, y como era de pueblo -de una familia de jornaleros que por tradición en estas épocas se alimentaba prácticamente de gazpacho- seguía los hábitos familiares, ya que era un alimento con mucho sustento, y fresquito que ayudaba a combatir las calores.    

Le gustaba fuertecito, con mucho vinagre, con abundante pepino y cargado de ajo; por lo que no era recomendable estar cerca de él por las flatulencias, de esas que son capaces de pelar la pintura de la pared; y además, como «gracia» le gustaba hacer alarde de sus talentos «erúctiles» con los cuales era capaz de recitar el alfabeto mientras soltaba el gas sonoramente.

Después de un día record con altas temperaturas, hubo un cambio drástico y esa noche refrescó un poco, por lo que era agradable salir a dar un paseo nocturno; así que tras la media noche, fue a darse una vuelta por el parque del pueblo para disfrutar de la suave brisa y deleitarse con el aroma de la «dama de noche» y el jazmín en flor.
Andaba embelesado, disfrutando del raro frescor, cerraba los ojos para sentir el delicado soplo del viento y el olor penetrante de las flores… cuando de repente, alguien saltó de detrás de un árbol, el individuo abrió la boca y fue a morderlo. ¿Qué demonios era eso, un vampiro? Luchó con él por su vida, era fuerte y apenas podía mantenerlo apartado de su cuello. Sus fuerzas empezaron a flaquear, tenía que pensar rápido. No lucía una cruz al cuello, y una estaca no era algo que precisamente llevara en el bolsillo. Le vino la idea…
Le eructó en la cara, la flatulencia cargada de aroma a ajo hizo retroceder al vampiro gritando; parecía que estuviera retorciéndose de dolor, así que siguió con los regüeldos. Eructo tras eructo veía como su atacante se encorvaba de dolor, es más, su rostro daba la impresión de que empezaba a derretirse como si le hubiera arrojado ácido a la cara. Vio como su rostro se descarnó, extendiéndose el proceso al resto del cuerpo. Finalmente con un «puff» el vampiro se desintegró en un montón de polvo. El gazpacho con el que se había estado alimentando durante todo el día y se repetía constantemente, le salvó la vida.

© C. R. Worth

Friday, February 19, 2016

Los invasores





Los invasores

Tenía un coqueto apartamento cerca del mar, no a primera línea de playa pero si a unos quince minutos en coche, lo que le permitía dar largas caminatas en la orilla cada vez que quería despejarse la cabeza. No era persona de playa que necesitara recargarse al sol como un lagarto, ni de aquellas que le gustaba tostarse como un churrasco; simplemente le gustaba ir temprano cuando no había nadie, sentarse a la orilla del mar, sentir la brisa fresca y ordenar sus pensamientos. 

Solía cartearse con uno de sus primos con el que había estado muy unida en su infancia, ya que eran prácticamente vecinos y habían crecido juntos, pero que en la actualidad vivía muy lejos, en el interior del país. Se veían muy poco, y ella siempre le decía que cuando pasaran por su ciudad que no olvidara hacerle una visita. 

Una tarde de abril recibió una llamada de su primo Carlos, en que le decía estaban en la ciudad, y no podían encontrar hotel, y que si podían quedarse en su casa. Sin dudarlo ella le dijo que sí, pues hacía un siglo que no veía a su queridísimo pariente. Tenía una habitación de invitados, un futón en el estudio y claro, el sofá del salón. Luego no había problema en acomodarlos. 

Cuando aparecieron por la puerta no solo estaba el matrimonio con los dos niños, sino encima con tres caniches, aduciendo Carlos que no los podía dejar solos en casa para las vacaciones y que no encontraban un hotel que le permitiera los perros.
̶ No te importa, ¿verdad?
Le cogió por sorpresa y por educación les dijo, que no, claro…

Ella pensó que solo era por un corto espacio de tiempo, y que por el gran cariño que le tenía a su primo, no le importaba incomodarse por unos días. Pero no fueron un par de días como ella pensaba, sino que parecía que estaban allí «tan a gusto» a piñón fijo. 

Primero fue la sensación de sentirse sin privacidad, el matrimonio tomó el cuarto de invitados, y los dos niños, como se llevaban a matar no dormían juntos en el futón, sino uno en el estudio y el otro en el sofá del salón, luego quitando su dormitorio toda la casa estaba invadida por ellos. El colmo fue cuando estaba duchándose y se le metió la mujer del primo en el baño para hacer sus necesidades ¡porque el otro estaba ocupado! –«no te importa ¿verdad?»– le dijo; y mientras ella, aguantado las arqueadas en la ducha, tuvo que soportar la flatulencia trompetera interminable a modo de pedorreta, acompañada del aroma que no era precisamente a rosas. 

Después eran los dichosos perros, Piki, Miki y Fifi que se cagaban y meaban por todas partes; Miki, el macho, levantando la patita en sus muebles, y Piki y Fifi, las hembras, en la moqueta. Carlos se empeñaba a decir que con el «spray» mata-olores no había problema, que no se quedaba impregnado en la moqueta, pero su casa cada vez olía mas como un urinario público; amén de las cacas blandas que ¡se quedaban impregnadas en la moqueta por más que las limpiaran!

Niños peleándose todo el día, perros ladrando, y para colmo, la pérdida del control remoto de la tele con el «estamos siguiendo esta serie y no queremos perdernos un capitulo, ¿No te importa, verdad?»; más ¡el futbol, el programa de cotilleo que le gustaba a ella, y el maldito Bob Esponja! Porque Catalina, como vivía sola, solo tenía un televisor.

Le vaciaron la despensa, se comían las sobras que ella guardaba para el almuerzo del día siguiente; sus yogures de su dieta que los compraba específicamente para ella, ya no estaban cuando iba a comerse uno, ni la fruta. Compraba ingredientes con la idea de preparar algo, y cuando llegaba a casa lo habían usado para cocinarse algo ellos, y no le dejaban ni un grano arroz par ella. Y como eso, un millón de cosas, como tener que soportar a los dos fumando en la casa como carreteros y que todo oliera a tabaco, sin ella fumar.

Estaba de sus parientes hasta el moño. Iban a estar por dos o tres días, pero se quedaron por un mes, ya que como había estado lloviendo sin parar, decían que no habían podido disfrutar de la playa; y como él tenía su propio negocio (que en su ausencia estaba regentado por sus empleados), no tenían prisa en irse hasta que tuvieran las condiciones del tiempo que querían… ¡Y estaban tan a gusto con su prima!

Cuando por fin se largaron, tuvo que cambiar los muebles, la moqueta, obtuvo un nuevo número de teléfono, de correo electrónico, borró sus cuentas de Twitter y Facebook, y les dijo que había ingresado en un monasterio budista en el Himalaya, para evitar otra visita de parientes gorrones.


© C. R. Worth

Thursday, February 18, 2016

La cena





La cena

Se levantaba temprano cada mañana para él mismo ir al mercado y escoger los mejores productos para su restaurante.  Tenía una serie de platos fijos en el menú, aquellos que eran fáciles de encontrar los ingredientes frescos todo el año, pero le gustaba variar la carta con los productos de temporada, para así agasajar a sus clientes con lo mejor de su talento culinario. Al menos tenía dos o tres platos distintos a diario. Esa variedad en el menú con productos de primerísima calidad le había dado una reputación y varias estrellas en la guía Michelin. 

Tenía a su cargo una mini legión de cocineros y pinches que le ayudaban. Sin embargo, prefería preparar él mismo los platos del día, en donde era más creativo;  pero siempre le daba el toque final a todas las peticiones de los clientes antes de servirlas para darles el visto bueno, y que su rúbrica estuviera patente en todos sus platos.  

Su receta estrella y con la que había alcanzado una gran fama eran las milhojas de bacalao con crujiente de jamón y pil-pil de cigalas y garbanzos fritos con tempura de salvia; una delicia que era favorita de reyes, presidentes, estrellas de cine y deportistas famosos que acudían a su restaurante; aunque su sopa de ahumados con ostras, los crêpes de marisco al Pernod, o el magret de pato a la naranja y la brandada de bonito con pistachos no se quedaban atrás. 

Había incorporado al menú hacía poco el ragout de pescado y marisco, y la lubina a la pimienta verde y rosa, teniendo un gran éxito; pero para ese día tenía codornices rellenas de foie-gras y salsa de trufas, cordero en chilindrón y la crema de espárragos con bogavante.

Fue un día ajetreado entre los fogones, pasando calor y estresado con las múltiples peticiones de los especiales del día que le llegaban a la cocina. Era un no parar, en donde el almuerzo prácticamente se conectó con la cena. 

A pesar de preparar todas esas delicias de alta cocina estaba deseando llegar a casa para tomar una buena cena casera. No fue hasta pasada la medianoche cuando por fin llegó a su morada. Se duchó, se puso unos cómodos pantalones de sudadera y una camiseta, y se dirigió a la cocina para preparar la cena casera. Abrió el congelador para ver sus opciones: lasaña, pollo agridulce, palitos de pescado, fettuccine Alfredo, pastel de carne, o albóndigas suecas. Se decidió por el pollo agridulce. Cogió el paquete, lo abrió, pinchó la lámina de plástico y lo metió en el microondas por el tiempo estimado en la caja. Luego con su bandeja y la comida pre-preparada y una cerveza, se sentó delante del televisor para tener su relajante cena casera.


© C. R. Worth

Tuesday, February 9, 2016

Los Jíbaros





Los Jíbaros


De profesión, engañabobos, al menos eso debería decir en su documento de identidad, en vez de «político».  Había tenido una rampante carrera política auspiciada por el descontento nacional ante la crisis económica y la pérdida galopante de puestos de trabajos, lo que hacía que la masa se creyera cada trola y promesa que un encantador de serpientes con buena palabrería le dijese. En apenas unos años de ser un partido completamente nuevo, se convirtió en las últimas elecciones en la minoría mayor votada en el país, con la friolera de cinco millones de votos. 

Pero últimamente los desvaríos de su partido cada vez eran más escandalosos, al menos  para cualquiera que tuviera dos dedos de frente y pensara, y no el corro de borreguitos que le aplaudía todos los disparates. 

Fue una periodista quien empezó a unir los puntos como los dibujos infantiles numerados para desvelar una imagen. Se dio cuenta que tras su viaje a Sudamérica con sus asesores y varios alcaldes que habían conseguido las plazas consistoriales de varios municipios, fue cuando el dirigente y su partido cada vez estaban más disparatados en lo que parecía una carrera en el más difícil todavía para hacer o decir la gilipollez más grande. 

Habían viajado al continente americano para visitar las repúblicas que tanto admiraban, ver los modelos sociales y económicos y de camino pedir disculpas por la colonización española, por darles la lengua y la religión, y claro está, por «quitarles el oro». La periodista descubrió que en su estancia en Ecuador en la que fueron a visitar las tribus en la selva, la delegación desapareció por varios días, situación que fue ocultada a la prensa. 

La reportera armada de valor, fue a entrevistar a la tribu de los Shuar, también llamados Jíbaros que los políticos habían visitado, y descubrió que cuando llegaron, al líder político no se le ocurrió otra cosa que decirle al jefe de la tribu como debería de vivir y pensar, y que iban a redistribuir sus riquezas con la tribu de al lado para que todos fueran iguales. Eso de que tenía que compartir la yuca, el camote, el maní, el maíz y palma de chonta con la tribu vecina siendo ellos los que cultivaban la tierra no le hizo ni chispa de gracia al caudillo indígena, así que llamó al chamán de la tribu e hicieron un arreglito con los visitantes.

Los Jíbaros son conocidos en el mundo entero por su costumbre ancestral de reducir cabezas, pero no era plan de decapitar a la delegación extranjera que habían venido a visitarlos, así que con magia consiguieron un efecto similar. En vez de cortarles la cabeza vaciarlas y reducirlas para que el espíritu del enemigo, el muisak, no vuelva para vengarse, les redujeron el cerebro al tamaño de una nuez.

Sí, los Jíbaros jugaron con sus cabezas, y ahora más que cabezas pensantes eran como unas maracas gigantes que se divertían con el ruido de su propio sonsonete resonando en sus cabezas como claqué.
La periodista con su investigación, por fin pudo entender tanto desvarío de semejante partido político, y su líder.


© C.R. Worth