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Tuesday, December 1, 2015

La confesión





La confesión
(Basado en hechos reales)

Jack era el viejito más dulce y encantador que nadie pudiera imaginar, siempre impecablemente vestido con chaqueta y pañuelo al cuello dándole un aspecto de lo más «dandy»; pero con el aspecto frágil de su avanzada edad ya que rondaba los ochenta y tantos o noventa años,  y caminaba aferrado a su bastón.
Jack al final de sus días decidió convertirse al catolicismo y como nuevo practicante  asistía a las clases para adultos de la catequesis. En esas lecciones cada domingo se trataba un tema a discutir, y una de esas mañanas domingueras estábamos viendo el sacramento de la reconciliación.  Todo el mundo aportaba ideas, experiencias, o discutía de temas teológicos, cuando Jack como recientemente convertido católico nos contó su experiencia sobre su primera confesión.
Hizo una cita con el padre Tom, ya que para confesar los pecados de toda una vida necesitaba una tarde o una mañana, ¡y por lo menos un par de pizzas!
Jack comenzó diciéndole al padre que no sabía cómo empezar ni qué hacer, a lo que el bueno y paciente del sacerdote le recomendó que empezaran revisando los Diez Mandamientos. De ese modo el cura le fue preguntando: «¿amas a Dios sobre todas las cosas?»,  «¿tomas el nombre de Dios en vano?» etc, etc... y Jack le iba respondiendo.  Al llegar al quinto mandamiento le pregunta el padre Tom a Jack: «¿Has matado a alguien?», y para sorpresa del sacerdote, le contesta: sí.
El cura a eso que se queda frio y paralizado, y con mucho aplomo le hace la siguiente pregunta: «¿Cuánta gente has matado?» a lo que Jack le respondió, «No sé... he perdido la cuenta.» El sacerdote estaba ya con la cara descompuesta, pero siguió preguntando con aplomo:
̶̶  ¿Te arrepientes de haberlos matado?
̶̶  No, eran todos malas personas.
El pobre cura cada vez estaba más perplejo.
̶̶  ¿Por qué los mataste?
̶̶  Era mi trabajo.

Al llegar a este punto, Jack le explicó al sacerdote que fue espía y asesino a sueldo del gobierno canadiense y que su trabajo era eliminar a gente. También le dijo que durante la II Guerra Mundial tuvo el cometido de ir a Alemania para matar a Hitler, pero cuando llegó ya estaba muerto.

Cualquiera que hubiera conocido al viejecito encantador Jack, jamás se hubiera pensado un pasado tan inusual y turbulento.  Nadie en su sano juicio pensaría que ese débil anciano fue en el pasado un asesino a sueldo. Desde luego, ¡la vida te da sorpresas!


© C.R. Worth

Friday, November 6, 2015

Pararrayos Franklin




Pararrayos Franklin


Era dejado, descuidado, olvidadizo, y no precisamente la persona que mantiene las cosas limpias y ordenadas. Cualquier día de estos a las pelusas de debajo de la cama le saldrían patas como si fueran mini conejitos, en las estanterías podrían crecer garbanzos en la capa de polvo, y el salón de su casa seguramente necesitaría de una excavadora para limpiarlo.
La cocina no era distinta, la grasa se podía medir con una regla y para encontrar algo en el frigorífico era como iniciar una expedición al Aconcagua previa carrera de obstáculos. Por esa razón con frecuencia los alimentos olvidados al fondo solían pudrirse.
Vivía en un edificio muy antiguo de Nueva York, de más de veinte plantas; en concreto en lo que se consideraría un Penthouse, es decir, el piso en lo más alto de un edificio.
Era un coqueto apartamento heredado de sus abuelos y que ten
ía una impresionante vista de «la ciudad que nunca duerme».
Como todos esos edificios de gran altura poseía un pararrayos, pero este databa casi de la época de la construcción del inmueble, probablemente era de los años treinta, y como todos esos «pararrayos Franklin», tenía un componente radioactivo, ya que estos contenían una carga sustancial de Americio-241. Este elemento posee la facilidad de atraer cargas eléctricas y por eso era usado en la fabricación de pararrayos, pero con el lado negativo de no tener isótopos estables y una vida media de unos cuatrocientos setenta y tres años. Para colmo, emiten una cantidad muy alta de rayos gamma.

Steve no se preocupaba del pararrayos de su edificio que estaba tan cerca a su apartamento, y seguro que no tenía ni idea de los peligros que pudiera implicar. Es más, le importaba un bledo la ciencia y cualquier cosa que pudiera alterar su vida diaria.

Seguramente ocurrió cuando una terrible tormenta impactó la ciudad en medio de la noche. La lluvia golpeaba virulentamente contra los cristales en oleadas de impacto, y poco a poco se podía oír la tempestad dramáticamente acercarse a la residencia. Los resplandores de los rayos se hacían más intensos y los intervalos de los truenos se acortaban. Hubo un momento en que el núcleo de la tormenta estaba encima del edificio; el destello fue intensísimo acompañado al mismo tiempo por un estruendo que casi quebró los cristales.
Steve no se percató, pero un rayo impactó el edificio siendo absorbido por el pararrayos.

Notó que se había ido la luz cuando bien entrada la mañana se dio cuenta que el despertador parpadeaba sin la hora fijada. Maldiciendo la tormenta se levantó como una centella y casi a medio vestir se fue hacia su trabajo.
No volvió a casa hasta bien entrada la noche. Fue un día largo, ya que la compañía de seguros en la que trabajaba estaba desbordada por las reclamaciones de los daños de la tormenta de la noche anterior.
En su ausencia algo ocurrió, la sobrecarga eléctrica en el pararrayos había liberado una emanación intensa de rayos gamma que se concentraron directamente en el apartamento de Steve, dando lugar a la mutación.

Llegó a casa cansado, hambriento  y sin ganas de hacer nada, solo de sentarse enfrente de la tele con una cerveza y algo para comer. Las sobras de pizza de la noche anterior eran más que apetecibles. 
Abrió el frigorífico, la bombilla se había fundido, pero una luz palpitante verde iluminaba el fondo del refrigerador con pálidos destellos.
̶̶  ¡Qué demonios es eso! Se dijo a sí mismo.
Comenzó remover botellas, contenedores, y tarros hasta que llegó al tupperware que emitía esa luz. Lo abrió y una putrefacta emisión a moho y podrido invadió su nariz, pero aquella masa verdosa, blanquecina y floreada tenía pulso, respiraba.
De repente saltó del contenedor cubriéndole toda la cara, sus gritos de dolor pronto desaparecieron cuando terminó de devorarle el rostro.



© C.R. Worth

Thursday, October 15, 2015

Mírame





Mírame


Estaba cerca de conseguir su meta y llegar al número máximo de amigos en Facebook, rondaba los cinco mil. De igual modo tenía una cifra semejante en su cuenta de Twitter e Instagram, con miles de seguidores. Vivía para las redes sociales y su única meta en la vida era estar en el candelero, en el centro de atención de todo argumento o chisme; tenía opinión para todo.
Ponía entradas de cualquier nimiedad de su vida: si le dolía la cabeza, si tenía hipo, si sufría ataques de ventosidades, si estaba contenta o triste, las películas que veía, la comida que comía, la música que escuchaba. Colaboraba difundiendo todo cartelito de filosofía barata, y participaba en toda cadena que pedía «compartir» o darle al «me gusta», sin pensar en el chantaje emocional que suponía, ya que si no compartes o coincides con esa opinión, eres un mal cristiano, anti solidario con cualquier causa, no recibes las bendiciones prometidas, ¡y hasta se te puede «secar la yerbabuena»!
Pero en lo que Matilde más disfrutaba era en poner selfies, autorretratos para todas las ocasiones. Retratos de sí misma frente al espejo, delante de la puerta del cine, en exposiciones, en restaurantes, en caminatas en el bosque, en el coche, en sepelios, en ferias, bodas, bautizos y comuniones. Se retrataba con todos los amigos habidos y por haber, y si veía a un famosillo, se arrimaba para sacarse la foto de turno.
Sobre todo le encantaba sacar fotos provocativas, de amplios escotes, ceñida indumentaria y minifaldas que parecían un cinturón ancho. Disfrutaba con los comentarios de los caballeros, que la llamaran guapa, aunque fuera más fea que un pie; porque con un escote hasta el ombligo da igual como parezcas porque nadie te va a mirar a la cara.
Su narcisismo era extremo, patológico, ya que si en alguna foto no recibía más de un millar  de «me gusta» se deprimía profundamente pensando que estaba perdiendo popularidad.  También estaba obsesionada por ser el «trending topic» en Twitter, y que el mundo entero mirara lo que decía o hacía.
Se dio cuenta que las fotos que alcanzaban más popularidad eran los selfies extremos: Fotos en cornisas de rascacielos, al lado de leones, tiburones, caras de terror en una montaña rusa, retratos en medio de una autopista, haciendo paracaidismo, etc Así que comenzó a arriesgar el tipo como atracción circense en el «más difícil todavía» .
En sus vacaciones en un lugar paradisiaco decidió hacerse una foto como si fuera a saltar en una catarata, más de treinta metros abajo estaban las turbulentas aguas; esa foto le daría el subidón de popularidad que ansiaba. Tenía el palo del selfie preparado, lista para la actuación, cuando de repente por la humedad del lugar su mano resbaló justo después de disparar la foto. No contó con la caída en picado como si fuera un saco de patatas amorfo ni las rocas que había debajo de las turbulentas aguas.  Dio su vida por un autorretrato, pero consiguió ser el trending topic a la estupidez y que su última foto se viera en todos los noticieros y apareciera en los periódicos. Todo el mundo la miraba.


© C.R. Worth

Gotas como lágrimas




Gotas como lágrimas
(Para Lola y Javier)

Era el «Día internacional del Calamar» y en su ciudad se había montado una feria en torno a este molusco. Había casetas con enormes peceras para observarlos al igual que sus parientes los pulpos; quioscos con todo tipo de camisetas y sombreros con formas de calamares; artesanías con motivos de cefalópodos; atracciones para los niños para montarse en pulpos y hasta batallas con pistolas de agua con líquido oscuro imitando la tinta de los calamares. Pero las casetas más populares y las que atraían más público eran aquellas que se dedicaban a la degustación de calamares y pulpos. Calamares fritos, a la romana, a la riojana, en su tinta, rellenos, a la plancha, al ajillo, en cebiche, en escabeche, chipirones, pulpo a la feria, calamares en croquetas, en muses y patés etc; y hasta confitados en postres.
Leonor y Jaime, como cada año, asistían puntuales a la feria, en especial porque les encantaban esa selección gourmet de delicias de calamar; y sobre todo esperaban con anticipación degustar otra vez los calamares en su tinta de un tenderete que estaba especializado en su elaboración, con más de una docena de formas distintas de prepararlo.
El lado negativo de la feria era la mala vigilancia policial y la cantidad de pedigüeños que pululaban por sus alrededores: el gorrilla de turno, la chinita vendiendo rosas, o la gitana queriéndote leer las manos o venderte romero.
La pareja se dirigió al parque donde estaba montada la feria, y tras dar el euro al gorrilla y sortear pedigüeños, por fin llegaron a su ansiado destino. Mientras se deleitaban con raciones tras raciones de diferentes exquisiteces de calamares en su tinta, una procesión de mendigos se les iba acercando y tras dar unas cuantas de limosnas ya dijeron basta, porque algunos de ellos cuando les decían que ya no le quedaban nada suelto, encima se enfadaban; como la gitana que les echó una maldición para que se atragantaran con los calamares, y les dijo que ojalá les salieran tentáculos y se convirtieran en lo que comían. 
Tanto Leonor como Jaime, que eran periodistas, estaban indignados con tanta sanguijuela indigente y la poca vigilancia de las autoridades para que el público pudiera disfrutar de eventos así. Decidieron que escribirían artículos en sus respectivos periódicos.
Llegaron a casa ahítos de moluscos en su tinta, así que decidieron ir a la cama y escribir los respectivos artículos a la mañana siguiente.
Nora, la hija de ambos se despertó cerca de las 10, no podía creer que a sus padres se les hubiera pegado las sabanas, y no la hubieran despertado para ir al instituto. La casa estaba en silencio, y ni siquiera la cafetera estaba encendida. Algo extraño estaba pasando. ¿Habían cumplido su palabra de dejar de arrearla por la mañana para que tomara responsabilidad de madrugar para ir a clases? Sabía que su madre sería más que capaz para darle un escarmiento, pero su padre no permitiría que perdiera un día de clase, y menos en fecha de exámenes.
Se dirigió al dormitorio de sus progenitores y tímidamente abrió la puerta para ver si ellos también se habían quedado dormidos. Con las persianas echadas y las cortinas corridas apenas podía ver sus bultos en la cama. Encendió la luz para triunfante echarles la bronca por hacerla llegar tarde; pero cual su sorpresa cuando vio lo que había en la cama. Un bolígrafo y una pluma gigante estaban donde sus padres dormían, y todas las sábanas estaban empapadas en tinta negra. Gotas como lágrimas recorrían la suave superficie de los instrumentos de escritura empapando todo el catre.



© C. R. Worth