Archivo

Thursday, March 24, 2016

Expectativas




Expectativas

Tenía al igual que su esposa veintinueve años, y acababan de tener su primer retoño. La enfermera la puso en los brazos de su padre y le dijo, es una niña. Manuel le acarició la cabecita, besó su frente y mirándola con ternura imaginó su vida futura. 

Su cuarto ya estaba decorado para recibirla, se figuró las noches sin dormir, las preocupaciones con las enfermedades, los primeros pasos, el primer día de colegio, los dibujos sujetados con imanes en el refrigerador; seguramente sacaría el talento artístico de su madre, y su aptitud para las matemáticas, él, el genio precoz en ingeniería que lo puso a la cabeza de una empresa automovilística antes de los veinticinco años. Sin duda tendría una colección de premios y logros académicos como sus progenitores.   

Imaginó las peleas de la adolescencia en la que él y su esposa, de ser adorados unos años atrás, pasarían ante los ojos de su hija a no saber absolutamente nada. Los novios le quitarían el sueño, y se imaginaba a sí mismo como un halcón protegiendo a su polluelo. La universidad, los primeros trabajos, la plaza asegurada. Se independizaría y le rompería el corazón verla dejar el nido; pero sabía que tenía que aprender a ser independiente y autosuficiente.  Llegaría ese día en el que ilusionada la vería vestir de blanco y entregarla a un joven enamorado ante el altar. Luego vendrían los nietos, tan guapos como la madre. 

Su vida y su relación con su hija pasaron como un relámpago por su mente.

Volvió a acariciarla y besar su frente, mientras la pequeña aferraba con fuerza su dedo. Regresó a la realidad y supo, que aunque la amaría con todo su corazón y la protegería siempre, por el resto de su vida, eso que había soñado nunca ocurriría, su hija tenía Síndrome de Down.

By C. R. Worth

Friday, March 18, 2016

El despertar




El despertar

Cada mañana su madre tenía que arrearla para ir al colegio, no es que fuera muy dormilona o no le gustaba ir a la escuela, es que se quedaba hasta tarde leyendo. Había descubierto a Alejandro Dumas y estaba fascinada por sus libros; ahora los prefería a las aventuras de Los Cinco.
Había tenido una pelotera la noche anterior tras venir de la zapatería con su mamá, pues ella se empeñaba en comprar unos zapatos con un poco de elevación, y su madre no le dejó adquirirlos. Todas sus amigas tenían zapatos así, con un poquito de tacón, pero su progenitora se empeñaba en compararle los «Gorilas» para el colegio con cordones. Por esa razón no se lo iba a poner fácil a su madre y se hacía la remolona, amén de estar somnolienta por la lectura tardía.
Se tomó el colacao y el donut, y junto a su hermano mayor se fue para el colegio. ¡Estaba tan feliz de que su madre no los acompañara ya!, no soportaba que la llevara y la trajera como si fuera una cría pequeña. 

No era mala estudiante pero tenía problemas con los maestros porque le decían que era una cotorra y no paraba de hablar en clase; en especial cuando se cruzaba con aquel niño guapo de ojos verdes y tenía que contárselo todo a sus amigas. En el recreo cada vez jugaba menos a la comba o al elástico, y prefería charlar con las compañeras, aunque le seguía encantando jugar «al cielo voy».
Tras el colegio, cuando llegaba a casa se tomaba su merienda con Nocilla, hacía los deberes, y luego se ponía a jugar.

Una tarde cuando se puso a jugar con sus muñecas a las casitas, de pronto le vino una sensación extraña, ya no era divertido jugar así, el regocijo que le causaba imaginar un mundo de fantasía y hundirse en él como si fuera la realidad, había desaparecido. Se dijo a sí misma «esto no es divertido» y por más que intentó volver a esa sensación, a ese estado mental de fantasía en el que estuvo un instante antes, no pudo. Como una epifanía le llegó a la mente que había dejado de ser una niña. Despertó en la adolescencia; no era que su cuerpo ya estaba cambiando o sus gustos estuvieran evolucionando, fue un momento puntual en el que conscientemente su mente cambió radicalmente.
Se levantó del suelo, guardó sus juguetes, y nunca más volvió a jugar con ellos.

© C. R. Worth

Wednesday, March 2, 2016

El Gazpacho




El Gazpacho
 


Era uno de esos veranos en el que «El Lorenzo» apretaba que daba gusto, las temperaturas diurnas eran propias del desierto de Lut, y al atardecer no bajaban tanto, es más, incluso saliendo a la calle a las once de la noche buscando el frescor, lo que recibías era una bofetada de calor.

Las calores le afectaban sobremanera a Roberto, que estaba en un constante baño de sudor,  le bajaban la tensión e incluso disminuían su apetito. En estos días estaba casi en una dieta líquida, y como era de pueblo -de una familia de jornaleros que por tradición en estas épocas se alimentaba prácticamente de gazpacho- seguía los hábitos familiares, ya que era un alimento con mucho sustento, y fresquito que ayudaba a combatir las calores.    

Le gustaba fuertecito, con mucho vinagre, con abundante pepino y cargado de ajo; por lo que no era recomendable estar cerca de él por las flatulencias, de esas que son capaces de pelar la pintura de la pared; y además, como «gracia» le gustaba hacer alarde de sus talentos «erúctiles» con los cuales era capaz de recitar el alfabeto mientras soltaba el gas sonoramente.

Después de un día record con altas temperaturas, hubo un cambio drástico y esa noche refrescó un poco, por lo que era agradable salir a dar un paseo nocturno; así que tras la media noche, fue a darse una vuelta por el parque del pueblo para disfrutar de la suave brisa y deleitarse con el aroma de la «dama de noche» y el jazmín en flor.
Andaba embelesado, disfrutando del raro frescor, cerraba los ojos para sentir el delicado soplo del viento y el olor penetrante de las flores… cuando de repente, alguien saltó de detrás de un árbol, el individuo abrió la boca y fue a morderlo. ¿Qué demonios era eso, un vampiro? Luchó con él por su vida, era fuerte y apenas podía mantenerlo apartado de su cuello. Sus fuerzas empezaron a flaquear, tenía que pensar rápido. No lucía una cruz al cuello, y una estaca no era algo que precisamente llevara en el bolsillo. Le vino la idea…
Le eructó en la cara, la flatulencia cargada de aroma a ajo hizo retroceder al vampiro gritando; parecía que estuviera retorciéndose de dolor, así que siguió con los regüeldos. Eructo tras eructo veía como su atacante se encorvaba de dolor, es más, su rostro daba la impresión de que empezaba a derretirse como si le hubiera arrojado ácido a la cara. Vio como su rostro se descarnó, extendiéndose el proceso al resto del cuerpo. Finalmente con un «puff» el vampiro se desintegró en un montón de polvo. El gazpacho con el que se había estado alimentando durante todo el día y se repetía constantemente, le salvó la vida.

© C. R. Worth

De otra pasta





De otra pasta

Estaba profundamente enamorada, y ese era su mayor problema. Lo tenía idealizado y aunque sus instintos le decían otra cosa, su ceguera voluntaria le repetía en su mente que estaba equivocada, que veía cosas donde no las eran y que seguro había una explicación.
Era del tipo de persona que ponía toda la carne en el asador en una relación, que amaba sin tapujos, sin dobleces y su corazón estaba abierto como un libro para la otra parte.

Como tenía fe en él, nunca lo cuestionaba, y si decía que debía trabajar hasta tarde lo creía y no se le pasaba por la cabeza que pudiera estar en otro lugar o con alguien. También hacía oídos sordos a sus amigas cuando le decían que Paco estaba actuando muy raro, que no se fiara, que habían muchas «luces rojas» intermitentes de peligro, y que lo vigilara; estaban todas equivocadas, él la quería.
Achacaba la falta de relaciones sexuales a que venía muy cansado del trabajo, a que estaba muy estresado, a que los medicamentos que tomaba quizá le disminuyeran la libido; y se preocupaba de que quizá como había puesto unos kilitos desde que se casó, no fuera tan atractiva, por lo que se puso a dieta y se cuidaba para estar siempre muy seductora  comprando lencería sugerente. Pero no estaba funcionando, seguramente son las preocupaciones del trabajo.
Hablaba constantemente en el teléfono con Morales, cosas del trabajo, aunque… ¿Por qué lo llamará tanto? No se le ocurría mirar en el teléfono cuando dormía y comprobar esas llamadas, ni mirar los mensajes de texto. Para ella eso era caer muy bajo, invadir su privacidad y no se le pasaría por la cabeza hacerlo nunca; además temía su reacción, con razón, por no confiar en él y actuar como una mujer celosa. No, no, no le daría motivos para causar una pelea y distanciamiento con su pareja.  

Pero resultó que Morales era Mónica, y las horas que llegaba tan tarde «hartito de trabajar», era porque se la estaba trabajando en el tálamo. Cuando él le escupió toda la verdad en la cara, diciéndole que estaba enamorado de otra mujer, no se lo podía creer; y cuando ella le preguntó entre sollozos qué había hecho mal, en qué se había equivocado, le dijo:
̶ Es que tú no tienes poesía.
Estaba destrozada, perpleja, ante semejante afirmación. ¿Qué demonios significaba eso? ¿Es que no era lo bastante romántica? ¿No había preparado suficientes cenas a la luz de las velas?
Después averiguó que la otra, la que estaría llena de poesía, trabajaba en un puticlub con las tetas al aire dando bailes de regazo; e incluso fue peor, cuando supo que la dicha Mónica era una más en la larga lista de chicas de alterne que su Paco se había pasado por la piedra.
No lo pudo soportar, eso ya era demasiado. Su corazón estaba roto en tantas piezas que era imposible de enmendar, y con cada nueva infidelidad que descubría era como si los añicos los machacaran con un martillo  y acabara triturado. 

Si, su corazón no estaba roto, estaba pulverizado; y sus lágrimas con el tiempo lo enmendaron, haciéndolo de pasta dura. El polvo mezclado con gotas de dolor funcionó como un cemento. Perdió el candor, la ingenuidad, la dulzura… la inocencia desapareció. Se volvió incrédula, desconfiada, cínica, y hasta grosera. Todos los rasgos de su personalidad se endurecieron, porque su corazón pulverizado y amasado con sus sollozos se había «reforjado» de otra pasta.

© C. R. Worth